11 noviembre 2020

Tenemos las palabras dichas por Don Julián en el Sínodo de los Jóvenes

Cómo sabéis, el pasado sábado tuvo lugar telemáticamente el segundo encuentro del Sínodo Diocesano de Jóvenes que el pasado año convocó Don Julián. 


Al principio de la jornada nos dirigió unas palabras que hoy queremos compartir con vosotros. Puedes descargarlas aquí o leerlas a continuación:


"Escribe el papa Francisco que ser joven, más que una edad es un estado del corazón que os pide volver a lo esencial del primer amor. El Concilio Vaticano II expresaba que la Iglesia «rica en un largo pasado, siempre vivo en ella y marchando hacia la perfección humana en el tiempo y hacia los objetivos últimos de la historia y de la vida, es la verdadera juventud del mundo». Hay que liberarla de los que quieren avejentarla, esclerotizarla en el pasado, detenerla, volverla inmóvil, y de los que creen que es joven porque cede a todo lo que el mundo le ofrece, mimetizándose con los demás. Igual vosotros: sois jóvenes cuando sois vosotros mismos, cuando recibís la fuerza siempre nueva de la Palabra de Dios, de la Eucaristía, de la presencia de Cristo y de la fuerza de su Espíritu cada día. Sois jóvenes cuando sois capaces de volver una y otra vez a la fuente.
Todos tienen que sentirnos hermanos y cercanos, como los Apóstoles, que «gozaban de la simpatía de todo el pueblo» (Hch 2,47; cf. 4,21.33; 5,13). Pero al mismo tiempo tenemos que atrevernos a ser distintos, a mostrar otros sueños que este mundo no ofrece, a testimoniar la belleza de la generosidad, el servicio, de la pureza, de la fortaleza, del perdón, de la fidelidad a la propia vocación, de la oración, de la lucha por la justicia y el bien común, del amor a los pobres, de la amistad social. La Iglesia de Cristo siempre puede caer en la tentación de perder el entusiasmo y buscar falsas seguridades mundanas. Sois precisamente los jóvenes, insiste el Papa, quienes podéis ayudarla a mantenerse joven, a no caer en la corrupción, a no quedarse atrás, a no enorgullecerse, a no convertirse en secta, a ser más pobre y testimonial, a estar cerca de los últimos y descartados, a luchar por la justicia, a dejarse interpelar con humildad. Podéis aportarle a la Iglesia la belleza de la juventud cuando estimuláis la capacidad «de alegrarse con lo que comienza, de darse sin recompensa, de renovarse y de partir de nuevo para nuevas conquistas».
Es momento no de ocupar espacios sino de generar procesos, estando atentos a los signos de los tiempos. “sal de tu cueva porque el Señor va a pasar por delante”. “Para muchos jóvenes Dios, la religión y la Iglesia son palabras vacías, en cambio son sensibles a la figura de Jesús, cuando viene presentada de modo atractivo y eficaz”. Por eso es necesario que la Iglesia no esté demasiado pendiente de sí misma sino que refleje sobre todo a Jesucristo. Esto implica que reconozca con humildad que algunas cosas concretas deben cambiar, y para ello necesita también recoger la visión y aun las críticas de los jóvenes.
Estas pueden ser las claves para interpretar la realidad que nos toca vivir: Ver con los ojos de Dios. La situación presente nos ofrece la oportunidad de extraer lecciones de cuanto sucede, para entender la realidad, relacionarnos con las cosas y las personas, y para nuestro estilo de vida y acción. “A los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los cuales ha llamado conforme a su designio” (Rom 8, 28). Cuando Pablo escribe esto, era consciente de que las cosas no iban bien y no acontecían como él hubiera deseado. Es el amor de Dios el que pone el bien allí donde, a los ojos del mundo, sólo hay mal. Pues desde el amor, que cuando es sincero siempre es divino, aun cuando el sujeto no sea consciente de ello, el mal se vuelve ocasión de desarrollar el servicio, la acogida, el cuidado, la solidaridad; en una palabra, la caridad, que no pasará nunca (cf. 1Cor. 13, 8). No debemos temer “pues vosotros hasta los cabellos de vuestra cabeza tenéis contados” (Mt 10,30), ni dejar que enferme y se debilite nuestro espíritu. En este sentido considero que peregrinar hacia Dios, en el interior de uno mismo y hacia el encuentro con los demás, fortalecerá nuestra espiritualidad, viviendo el sentido penitencial y la conversión a Dios.
Fortalecer las raíces de nuestra vida cristiana. El hombre que confía en el Señor es como un “un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas” (Sal 1, 3). Hemos de volver al hecho cristiano fundamental, identificándonos con la persona y la historia de Jesús, y dando testimonio de que el cristianismo es un modo fascinante de vivir la propia humanidad dando sentido a la existencia con el testimonio que se explicita en la unión interna de los corazones manifestada en la unidad, en un mismo ánimo, en compartir los bienes y en la oración ya sea comunitaria o privada, de súplica, de alabanza, o de acción de gracias.   
Una tercera clave es revitalizar nuestra fe: Creer para percibir en la oscuridad del dolor la luz de Cristo Resucitado. La fe cristiana no hace promesas de un futuro mejor a expensas de la realidad presente. No es el sueño en el que se refugia quien calcula la carga de la vida. Los creyentes en Cristo “sufren con los que sufren” (cf. 1Cor. 12, 26). Toman en serio el dolor del prójimo, que les conmueve y les empuja a hacer algo por remediarlo. La fe nos impulsa a que en estas circunstancias nos hagamos cargo del impacto lacerante causado por la pandemia en sus diferentes dimensiones sanitarias, económicas, sociales y espirituales. Dios no nos aguarda pacientemente detrás de la desgracia para que terminemos adorándole. Ha entregado su vida para que nosotros la tengamos en abundancia. Nuestra fe debe permanecer serena en el Sí de Dios, que nos hace salir de nuestros cobertizos personales e institucionales actuando “mediante la caridad” (Gal. 5, 2). Nuestras vidas están tatuadas en Dios: “Yo te llevo grabada como un tatuaje en mis manos” (Is. 49,16)".


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