18 jun. 2020

¿Qué significa reparar y por qué los cristianos lo hacemos?


Reparar significa enmendar, corregir o remediar lo que está mal. Cuando se trata de resarcir de una ofensa cometida contra otra persona, hablamos de desagraviar y desagravio, como una forma de compensar o satisfacer por el perjuicio, daño o desprecio causado. Al hablar de desagraviar o de reparar, los católicos nos referimos a satisfacer, mediante una serie de prácticas, como puede ser la oración, la penitencia u otros ejercicios de piedad, por los pecados propios o ajenos cometidos contra Dios. El sentido de la reparación lo recoge muy bien la oración revelada por el ángel a los pastorcillos de Fátima: «Jesús mío, yo creo, espero, os adoro y os amo; os pido perdón por aquellos que no creen, no esperan, no os adoran y no os aman».

Ya sabemos que la profanación de un lugar sagrado es un pecado gravísimo que ofende mucho a Dios; y que, cuando consiste en el desprecio contra la Eucaristía, se denomina sacrilegio.

La Eucaristía no solamente es el recuerdo de una acción pasada, esto es, la entrega de Jesús, por amor, a la Pasión y Muerte en la Cruz, y su Resurrección de entre los muertos. No se trata de una representación o escenificación que nos recuerda lo que Jesús hizo por nosotros. Por el contrario, la Eucaristía es el sacramento de la presencia viva, real y sustancial de Jesucristo, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, bajo la apariencia de pan y de vino, los cuales constituyen la materia de este sacramento. Precisamente porque Él está vivo en el sacramento, la Eucaristía es memorial. Ella actualiza, o sea, realiza de nuevo en nosotros, lo que sucedió en el Calvario, y por eso es sacrificio: el mismo y único sacrificio que Cristo ofreció de sí mismo al Padre para borrar los pecados de los hombres. La Eucaristía es banquete y comunión en la medida en que, al participar de ella, se fortalece nuestra unión con Dios y nuestra unidad con los demás, pues todos comemos del mismo pan y bebemos del mismo vino, llamados a formar, en Cristo, un solo cuerpo. De ella se desprenden unos frutos, que están muy bien expresados en la antífona de las II Vísperas del Corpus Christi: «Oh sagrado banquete, en el cual recibimos a Cristo, se celebra el memorial de su Pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura».

Con este recorrido podemos comprender, entonces, el valor infinito de la Eucaristía, lo más sagrado que tenemos los cristianos, ya que se trata del mismo Cristo. No en vano el Concilio Vaticano II se ha referido a ella como «fuente y culmen» de toda la vida cristiana.

La Eucaristía nos habla del amor extremo de Dios, que nos ha enviado a su Hijo Jesucristo para salvarnos, entregándose a la muerte por nosotros, y que ha querido quedarse para siempre con nosotros en este sacramento como signo permanente de este amor y de esta entrega. De este modo se cumple lo que nos había prometido: «He aquí que yo estoy con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). Es tan radical y tan arriesgado el amor de Dios, que se nos da de un modo pleno y absoluto, aun sabiendo que los hombres, a veces, lo ofendemos, lo despreciamos, e incluso podemos maltratarlo. En la Eucaristía Jesús está en apariencia frágil, dependiendo del sacerdote, el único que, al repetir las palabras de la consagración, lo puede hacer venir; está susceptible, también, de ultrajes e injurias, de desprecios y sacrilegios. Y, aun así, quiere quedarse, sigue viniendo a nosotros, no se arrepiente.

Por eso nosotros, que lo amamos, sentimos muy profundamente cuando el Señor es maltratado en el Sacramento del Amor, especialmente cuando se le recibe de manera indigna en la Comunión o cuando se profana el Sagrario. Sin embargo, la actitud que adoptamos no es el odio, ni el afán de venganza, ni la persecución; eso no es cristiano. Lo que hacemos es pedir para ellos el perdón de Dios pues, como tantos otros, «no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). Y pedimos perdón con una celebración pública y solemne, que se llama acto de desagravio. En este caso, lo haremos este viernes 19 de junio a las 20.30hs en una Misa que presidirá el Sr. Arzobispo en la Capilla Universitaria, con ocasión de uno de los días más importantes del calendario litúrgico: la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.

La reparación es uno de los componentes distintivos de la devoción al Corazón de Jesús. Ésta se encuentra muy vinculada a la Eucaristía, al deseo de satisfacer por los ultrajes y sacrilegios con que el Señor es despreciado en este sacramento. El Corazón es la sede de todos los pensamientos y acciones; por eso, cuando nos referimos al Corazón de Jesús no hemos de pensar en una devoción ñoña o de pura sensiblería, puesto que atañe a la persona misma de Cristo, el Hijo de Dios, que se nos ha dado como modelo para todos. Como nos dice el apóstol: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo» (Flp 2, 5), hasta llegar a recibir en nosotros la «forma de Cristo» (Gál 4, 19). La devoción al Corazón de Jesús nos habla del misterio del amor de Dios y nos mueve a seguir e imitar a Cristo en se mismo camino del amor, de la humildad y del servicio: «Jesús, manso y humilde de corazón, haced mi corazón semejante al vuestro» –le pedimos-. Y nos habla también de reparación, de ofrecer al Corazón de Jesús nuestro amor y hasta nosotros mismos, mediante la consagración, en satisfacción por todos aquellos que no lo aman o lo desprecian. Así se lo reveló Jesús a Santa Margarita María de Alacoque: «He aquí el corazón que tanto ama a los hombres y no ha recibido, en cambio, más que olvido, negligencia y menosprecio». Con ello queremos expresar: Jesús, ante el misterio de tu amor no puedo hacer otra cosa sino amar, y amarte incluso por aquellos que no te aman, y amarte por tantas veces que yo mismo, con mis pecados, haya podido dejarte de amar.

Alabanzas de Desagravio.

Después de la bendición con el Santísimo Sacramento, se suelen rezar estas alabanzas de desagravio. Las dejamos por si a alguien le ayudan a prepararse para la celebración.

Bendito sea Dios.

Bendito sea su santo Nombre.

Bendito sea Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre.

Bendito sea el nombre de Jesús.

Bendito sea su Sacratísimo Corazón.

Bendita sea su Preciosísima Sangre.

Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar.

Bendito sea el Espíritu Santo Paráclito.

Bendita sea la excelsa Madre de Dios, María Santísima.

Bendita sea su Santa e Inmaculada Concepción.

Bendita sea su gloriosa Asunción.

Bendito sea el nombre de María Virgen y Madre.

Bendito sea San José, su castísimo Esposo.

Bendito sea Dios en sus Ángeles y en sus Santos.

«Oh, Dios, que en el Corazón de tu Hijo, herido por nuestros pecados, te has dignado regalamos misericordiosamente infinitos tesoros de amor, te pedimos que, al rendirle el homenaje de nuestra piedad, manifestemos también una conveniente reparación» (Oración colecta).

Ernesto Gómez Juanatey


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