28 may. 2020

Esperando al Espíritu Santo IV - PÍLDORA DE RESURRECCIÓN


Ayer decíamos como el Espíritu Santo inspira, habla en nuestro interior, nos muestra la verdad.

Otra acción propia del Espíritu Santo es santificarnos. Solo Dios es santo, nosotros compartimos su santidad. 

A veces hemos insistido mucho en el sentido ascético de nuestra fe: el luchar en la consecución de virtudes, en nuestra capacidad de ser fieles, hemos insistido en actos voluntaristas, o mismo esos menajes actuales de autoayuda positiva: “si quieres, puedes”. 

La realidad es bien distinta, no serás santo si no dejas actuar al espíritu Santo en tu interior. Decía San Basilio, que el Espíritu es el lugar de los santos y el santo es el lugar del Espíritu. El santo es el lugar por excelencia donde se manifiesta el Espíritu Santo.

Por ello la santidad ha de comenzar con una súplica, la de pedir al Espíritu Santo que nos haga santos, que nos convierta la imagen del Corazón de Jesús, que nos transforme interiormente.

Hoy te invito a invocarlo rezando la Secuencia de Pentecostés:

Ven Espíritu Divino,
manda tu luz desde el cielo,
Padre amoroso del pobre;
don en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos
Mira el vacío del hombre
si Tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

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