6.9.19

Testimonio Buscando el Norte

¡Muy buenas a todos y a todas!
Si os soy sincera, la verdad es que no tenía pensado compartir mi experiencia de la peregrinación vivida hace unos días con nadie. Si no lo hice en el bus como otros hicieron (porque "gracias a Dios" no me tocó), menos lo iba a hacer de una manera en la que más personas se enterarían de lo que ha supuesto para mí. Pero de alguna manera Dios fue borrando en mí ese pensamiento tan egoísta y nada, aquí estoy, contándoos lo mucho que me ha tocado Dios el corazón a lo largo de estos días tan maravillosos.

Desde el principio sabía que ésta, sin duda, sería una peregrinación diferente a todas las que había vivido antes. No sólo porque me tocaba cuidar de mi hermano y primos pequeños, sino que además sabía que en todo momento conviviríamos con ese espíritu de precariedad y de "dejarse guiar" por Dios, que a mí tanto me cuesta. Tan diferente sabía que sería que, ya el primer parón que hicimos a lo largo de esta "Ruta de la Santidad", Covadonga, me pareció un lugar nuevo e increíble, a pesar de que ya lo había visitado hace muchos años con mi familia. Me encantó poder encomendarle a "la Santina" el futuro de España, ahí en donde Ella había ayudado a Pelayo a reconquistar el país; y aproveché para hacer mía esa petición que nos invitaban a hacer de que reconquistara también nuestro corazón. La segunda parada, Loyola, no se quedó atrás en sorprenderme. Además de ser un pueblo precioso y tranquilo, disfruté mucho a lo largo de aquella tarde escuchando las historias de distintos santos jesuitas, que con sencillez y valentía supieron trasladar el mensaje de Cristo a todos con los que convivieron; pero disfruté mucho más adentrándonos en la vida, en el hogar y en las heridas de su fundador, San Ignacio. ¡Es increíble ver cómo Dios se vale de nuestras heridas para acercarse más a nosotros! Lo siguiente en conocer fue Javier: un castillo muy bonito, con una historia muy interesante, y con un santo muy apasionado. Pero con lo que me quedo, sin duda, es con el Cristo sonriente al que tanto le había rezado San Francisco Javier. ¡Cuántas veces había escuchado que con Cristo, a pesar de nuestra cruz y nuestro sufrimiento, siempre estaríamos felices, pero jamás había visto algo así! Si es que al final tenía razón San Pablo... estar con Cristo es con mucho lo mejor. Pero a pesar de todas las gracias recibidas en estos lugares, Dios todavía no me había tocado del todo. Fue en Barbastro cuando realmente le encontré sentido a aquello que daba nombre a nuestra peregrinación. Aquellos mártires, a pesar de habérsele truncado aquello que parecía ser su norte, supieron reconducir su camino cumpliendo la difícil y expresa voluntad de Dios para ellos. Poder conocer su historia, escuchar todo lo que habían sufrido, ver cómo quisieron dejar su legado y el de Dios en aquél lugar, fue muy impactante. ¿Tendría yo el mismo valor y amor por Cristo hasta el punto de dar mi vida? Me sentí completamente indigna, y más aún conociendo la felicidad y la seguridad con las que se acercaban a la muerte. Durante la eucaristía, especialmente durante la consagración, al ver el mismo cáliz en el que ellos habían recibido a Cristo, no dejaba de resonar en mí aquella pregunta que Él les había hecho a Santiago y Juan: “¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?”. A todo este clima de impresión y conmoción se le sumó la manera en la que salimos de la ciudad: todos juntos cantando por las calles ¡Viva Cristo Rey!; cuando me senté en el bus no pude evitar que se me escapasen las lágrimas ¡pero qué grande es Dios! Tras este inmenso regalo de Dios, las jornadas posteriores fueron más relajadas, y quiso que fuese en Santo Domingo donde volvería a tocar fuertemente mi corazón. Además de ser un lugar históricamente importante, las maravillas que se escondían en su iglesia me hicieron enamorarme de aquel pueblo. Tuvimos la gran suerte de tener una visita muy bien guiada, y de estar en una eucaristía muy llena de bendiciones; pero tuve que esperar hasta la noche para poder dar sentido a todo aquello. Salíamos apresurados de cenar y, cansados, nos dirigimos a la iglesia primitiva de aquella zona, en donde había rezado mucho el santo Domingo, y en donde tendríamos una adoración a Jesús Eucaristía. Tras cantar unos cantos e invocar al Espíritu Santo, escuchamos una palabra, pero Javi decidió ayudarnos a entrar en oración haciendo un balance de todo lo que habíamos vivido hasta ese momento. Empezó contándonos que la vida de aquellos santos se caracterizaba por el fracaso: San Ignacio, que soñaba con ser un gran caballero, se quedó cojo en la guerra; Santo Domingo, que quería ser monje, no le dejaron; los Mártires de Barbastro, que soñaban con ir a las misiones, los mataron… Para los ojos del mundo, todos habían fracasado; incluso Jesús: Él, que prometía salvar a todo el mundo, lo matan, y de la peor forma: la cruz. Javi nos decía que toda nuestra vida, como la de ellos, también estaba llena de fracasos, y comenzó a exponerlos. Desde aquel momento sentí que realmente era Dios el que iba llevándolo todo, pues ¿cómo era posible que supiese cosas que había en mi corazón desde hace mucho tiempo y que no era capaz de expresar a nadie? Sin duda alguna, fue uno de los momentos de mi vida en la que más pobre me he sentido, pero a la vez más amada por Jesús; y doy gracias a Dios por poner a gente tan maravillosa en su iglesia que te ayuda y te permite vivir instantes tan geniales como ese. A este gran abrazo de Dios que tanto necesitaba se le sumó el poder rezar con el canto “Perfume a tus pies”; fue tan sincero para mí, y escondía todo aquello que no sabía explicar, que desde aquél momento lo adopté para mí y le pedí a Jesús que algún día me concediese la gracia de que esas promesas las hiciera, algún día, carne en mí. Y a pesar de que había sido una noche tan cargada, deseaba que llegara el día siguiente, pues tenía muchas ganas de poder conocer Iesu Communio. Fue una gran suerte poder ver un testimonio vivo de lo que es la alegría de ser de Cristo, pero más suerte tuve en poder escuchar en las palabras de una hermana los últimos mensajes que me quiso lanzar Dios a lo largo de esta bendita peregrinación. Ella dijo: “No hay que esperar a tener un encuentro fuerte con Cristo; hay que ser fiel a lo ya acontecido”. Y yo, si os digo la verdad, iba a esta peregrinación consciente de que necesitaba un encuentro fuerte con Cristo, con Cristo Resucitado; pero a quien me encontré allí, cada día, en cada lugar y a cada hora, sí, era a Cristo, pero era Cristo Crucificado. No era el Cristo que vence y que sana, tal y como yo esperaba que hiciera en mí, sino que era mi Dios fracasado, que se valía de mis miserias para amarme más. Tras esto, todo lo demás fue como un “perfume a sus pies”, fue un permanecer postrada ante toda la grandeza que su divinidad  había desprendido en mi vida (y creo yo que en la de todos los demás también) a lo largo de aquellos días. Finalizamos la “Ruta de la Santidad” en el monasterio cisterciense de San Isidro de Dueñas, en donde vivió unos años de su corta vida San Rafael Arnáiz. Me chocó la simpleza con la que afrontaba este hombre las cosas (con lo rebuscada que soy yo siempre…) y, sobre todo, cómo daba gloria a Dios en cada cosa que hacía ¡Ojalá Dios me de algún día un poco de sencillez!


Para acabar ya con este testimonio, he de deciros que ¡ha sido una peregrinación increíble! Me he reencontrado con personas, he conocido a otras y me ha unido mucho más a la Iglesia, mi casa. Sinceramente, la necesitaba mucho y, sin duda, me ha dejado huella.
¡Hasta la segunda edición de “Buscando el Norte”!

Carmen Fernández







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