5.9.18

Testimonio Tierra Santa: "Sentí a Dios más cerca que nunca, sentí más fuerte la alegría de ser de Cristo, y que el Credo, ya no era una simple oración, sino mi vida".


Nada más volver Javi dijo: “Gente…no os olvidéis de mandar vuestros testimonios!!! Es importante transmitir lo vivido”; y yo primero pensé: “Buuf, qué pereza!”, pero después me di cuenta de lo egoísta que estaba siendo y por eso, esto que estáis leyendo.
Mi experiencia en esta peregrinación empezó hace mucho, antes de que “sacaran a la luz” esta gran oportunidad. Javi nos había comentado a mi hermana y a mí que se pensaba hacer algo de esto, pero que todavía no era seguro; en ese momento mi hermana me miró sonriendo y yo le miré, pero menos convencida, y cuando me di cuenta de que ella pensaba ir sí o sí a ese viaje supe que yo también iría. Lo esperamos y lo preparamos mucho; el año, los meses, se nos hacían eternos, unos meses tan intensos para ambas, un año tan marcado, que tanto nos estaba haciendo madurar (y todavía lo que nos faltaba!). Cuando llegó el verano ya no hablábamos de otra cosa y, cuando ya casi se estaba acabando…por fin, había llegado!!

El primer lugar al que fuimos fue Jerusalén (donde estuvimos 3 noches), ciudad del rey David (gran figura bíblica que siempre me había gustado y ayudado mucho), y lugar al que solía acudir Jesús para las fiestas judías y en donde acontecieron sus momentos más intensos: Pasión, Muerte y Resurrección. Me impresionó mucho esta ciudad, toda llena de religiones, culturas, gentes y lo que ello conlleva, sobre todo su vida nocturna, en la que me encontré con la otra Jerusalén, y no precisamente la celeste. 
Sí que es cierto que allí anhelaba el silencio para poder entrar en oración y la tranquilidad para adentrarme en aquellos misterios, incluso temí al principio que estuviese haciendo algo mal, ya que la gente hablaba de grandes experiencias vividas en Getsemaní, o rezando también en el Calvario o en Santo Sepulcro, pero pronto me di cuenta de que ciertamente Jesús acudía a otros lugares (lugares que posteriormente visitaríamos y en los que Dios me tenía algo preparado) para encontrar la calma. 
En el cuarto día, primero visitamos Ein Karen, lugar de reposo para la Virgen en su embarazo y también de misión, ya que fue ella allí la primera catequista; y ¡cómo se notaba que había estado ahí María!, pues ya se empezaba a sentir la serenidad que transmite el estar cerca de una madre. Después de esto, ya en Belén, celebramos, al igual que hicieron los pastores, la Natividad del Señor.



¡Qué alegría poder volver a sentir el amor tan grande que Dios me tiene, un amor tan grande que hasta se hace hombre, pequeño y humilde sólo por mí, y que cada día me da el regalo de nacer y permanecer en mi corazón!



En los demás días (en los que estuvimos alojados en Nazaret) Dios no se quedó atrás en sorprenderme. Si tuviese que escoger un lugar de todos a donde volver es ese, Nazaret, lugar de donde era María y en donde se crió también Jesús. Ha sido muy especial para mí, ya que, al igual que recordaba en cada momento, en cada lugar, cómo había ido creciendo María, cómo había ido creciendo Jesús, recordaba también cómo fui creciendo yo y mi fe.

Un lugar muy importante para mi fue la Iglesia de San José: poder redescubrir la Sagrada Familia de Nazaret (tan importante desde que era pequeña en mi casa), la importancia y misión de cada uno y el ejemplo a seguir que suponen en su conjunto, fue un gran regalo, tan grande como el que me dieron mis padres, el don de la fe, algo que me nace desde muy dentro y por lo que ese viaje y esos lugares tienen para mí un gran sentido. Visitar en aquellos días el Monte de las Bienaventuranzas, el Monte Tabor, me ayudaron a volver a descubrir la grandeza de Dios, a recordar que es Él realmente el Dios de mi vida y darme ese don de la paz que desde hacía meses llevaba buscando. 
Pero sin duda, “lo bueno se hace esperar”, ya que en el último día, ahí en donde vivió Jesús, en donde vivió Pedro, en donde Jesús llamó a sus discípulos, allí donde ellos le respondieron y donde todos juntos compartieron fue donde experimenté de verdad que estaba en Tierra Santa. Sentada en una roca, mojando los pies en el Mar de Galilea (aquél mar en el que Él había hecho tanto), mirando aquél cielo (que tanto miró Jesús también) y aquellas montañas (por las que seguro subió para entrar en oración y olvidarse del mundo), sentí a Dios más cerca que nunca, sentí más fuerte la alegría de ser de Cristo, y que el Credo, ya no era una simple oración, sino mi vida.  Repasé cada segundo vivido, cada suceso, cada persona, y comprendí que realmente Dios es Padre, que realmente María es Madre, y que realmente Jesús es Hermano, Amigo y todo lo que yo esté dispuesta a aceptar. Al siguiente día iniciamos ya el camino de vuelta, pero 

yo sigo estando allí; en cada lugar, a través de su Palabra, 

Dios me coloca ahí nuevamente y me recuerda lo afortunada que he sido de poder confirmar lo que para mí es el pilar de mi vida.
Es cierto que es un viaje para hacer desde los ojos de la fe, y con el oído muy abierto, y por eso hoy, con estas palabras, y también para concluir con esto, le doy gracias a Dios por haberme dado esa gracia, y espero que todos los que lo habéis leído podáis disfrutar también de este inmenso regalo.

Carmen Fernández Gutiérrez













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