13.9.18

Testimonio Tierra Santa: "de Tierra Santa se vuelve, hemos vuelto, pero algo de nosotros se ha quedado allí"



No es fácil hablar del viaje a Tierra Santa, al menos para mí. Ha pasado ya algo más de una semana desde que hemos vuelto y hasta ahora no había sido capaz de escribir este sencillo testimonio, y aun así, cuesta. Son tantas las emociones que todavía (gracias a Dios) me invaden que se hace incapaz testimoniar todo lo vivido, porque, de Tierra Santa se vuelve, hemos vuelto, pero algo de nosotros se ha quedado allí, y mucho de todo aquello, permanecerá, para siempre, en/con nosotros. 


Por eso para empezar tengo que remontarme a aquel Viernes Santo, en la parroquia española de la rue de la Pompe, en París, cuando escuchando la Pasión del Señor me derrumbé. Era la primera vez en mi vida que tomaba conciencia de todo el sufrimiento de Jesús, de su verdadera humanidad, de su profundo amor y desde aquel entonces me sentí unida a él y a su Pasión. Creí que, al llegar a TS, me sucedería lo mismo, y, en el Monte de los Olivos, mientras rezábamos laudes y de fondo sonaba “confío en ti, de ti me fié, no andaré mis pasos si no es desde la fe” algo hubo que me tocó el corazón. Algo hubo que me volví a derrumbar. Colina abajo, ya en el Dominus Flevit, releyendo el texto de Lc 19, 41- 44, reviví aquella profunda tristeza que invadió el corazón de Jesús en el momento de su lamentación sobre Jerusalén. Francamente, las impresionantes vistas de Jerusalén eran lo menos importante, puesto que en aquel humilde momento de oración, él lloraba conmigo y yo con él


Sin embargo, con el paso de las horas, y a pesar de todas aquellas emociones vividas, la ciudad de Jerusalén te atrapa con su luz, te envuelve entre sus esplendorosas piedras blancas, te acurruca en el Muro de las Lamentaciones y te confunde en el zoco árabe, de modo que, de una forma u otra, perdí el rumbo de la peregrinación y la ciudad hizo de mí la mejor de las turistas. Afortunadamente, no duró mucho y, cuando menos lo esperaba… resurgió la chispa al escuchar, tan de cerca, el duro testimonio de Fray Aquilino y dos jóvenes palestinos. Entender la comprometida realidad de los cristianos de Palestina y verlos sonreír… fue tan triste como bonito: si ellos viven su fe entre tanta dificultad, que tan fácil nos debería resultar a nosotros que gozamos de toda la libertad del mundo para gritar a los cuatro vientos que creemos en Dios y que intentamos vivir como él nos enseñó.

 
La peregrinación seguía y en la Capilla del Campo de Pastores (acompañada por la mejor de las bandas sonoras: el villancico “the first nowel”) sin saber cómo, allí, en los humildes orígenes de la Revelación noté algo especial, me sentí más cerca del Niño, de los niños… 





















Y, en Belén, quizá para que comprendiera que aquello (la Natividad) también fue un acto de amor o quizá porque allí volví a “nacer de nuevo”, la magia de la Navidad, con el niño Jesús en brazos al ladito de la gruta de la Natividad me volvió a quebrar por dentro, para de algún modo asimilar que, en lo más pequeño, en lo más bondadoso y tierno, ahí, en esos pequeños gestos, también habita el Hijo de Dios.



Y esto me trae a la memoria a Albert Espinosa que, en una entrevista, contaba que una de sus amigas francesas cuando iba a la carnicería pedía siempre un kilo de ternura (en vez de ternera), este maravilloso lapsus linguae ha creado una verdadera expresión de amor que me devuelve al día del nacimiento del Señor, en el que, sin contar, esa Su ternura me impregnó el corazón de tan buenas sensaciones que, como el rocío entre los pétalos de las rosas cada mañana, sigue dándome vida cada día. Y, de ese modo, lo divino se manifestaba en lo pequeño: en la sonrisa afable de los niños en la Plaza del Pesebre, en la amabilidad de sus gentes, en la complicidad con los artesanos cristianos de Belén… hubo algo, todavía no sé el qué. Desde que he vuelto no sé qué tengo… alguien de mi entorno (que de estas cosas algo sabe) lo ha llamado experiencia de Dios... no lo sé, solo tengo claro que el Espíritu nos mueve el corazón y lo dirige a Dios, así que, ese no sé qué tengo, en todo caso, no puede ser más que algo bueno. 



 Finalmente, además de darle gracias a Dios por todo lo vivido, y por esta experiencia, hago esfuerzos por no perder ni un ápice de aquello sentido en la olvidada tierra palestina de Belén. Puede que la única forma de resumir mi viaje a TS sea a través de las lágrimas (que como diría Carlos no cabrían en todos los lacrimatorios que hemos visto) que brotan sin cesar de entre mis recuerdos, o, puede que, ahora que los kilómetros no dejan de poner distancia entre TS y mi realidad cotidiana toque cambiar las fronteras por puentes, puentes adoquinados con ese Amor, con mayúsculas, que te invade el corazón donde y cuando menos lo esperas, porque, en TS Jesús te llena el corazón de amor, de bondad, de misericordia, de paz… ahora solo queda compartirlo y espero que así sea. Aunque, todo hay que decirlo, he regresado con el firme compromiso de volver. 


P.D.: Le doy gracias indudables a Dios por esta peregrinación, pero es de justos agradecer, una vez más, a nuestro maravilloso guía, Fray Paco, por ayudar a recorrer caminos; a Ricardo, por su dedicación y entrega durante esa semana; y, a todos/as los/as compañeros/as de este inolvidable viaje. GRACIAS DE 💛


Silvia Otero

0 comentarios: