20.8.18

Jóvenes italianos: “¡La Iglesia necesita vuestro impulso, intuiciones y fe!”


Saludo del Papa a los jóvenes italianos
El pasado fin de semana, sábado 11 y domingo, 12 de agosto de 2018, se celebró en el Vaticano la peregrinación Por mil caminos hacia Roma, un evento de reunión y oración del Papa Francisco con jóvenes italianos, promovido por la Conferencia Episcopal Italiana en preparación para la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema Jóvenes, fe y discernimiento vocacional (3-28 de octubre de 2018).
El secreto está “en ser y saberse ‘amado’, ‘amada’ por Él, ¡Jesús, el Señor, nos ama!” –subrayó el Papa– “Y cada uno de nosotros, al llegar a casa, pongamos esto en el corazón y en la mente: Jesús, el Señor, me ama. Soy amado. Soy amada. Sentir la ternura de Jesús que me ama”.
El sábado, a las 16:30 horas, después de llegar por la mañana a Roma, decenas de miles de jóvenes de casi 200 diócesis italianas y la bienvenida al Circus Maximus, tuvo lugar un momento de animación esperando al Santo Padre Francisco.
A las 18:30 horas, el Papa Francisco llegó al Circo Máximo para el encuentro y la vigilia de oración con los jóvenes. Después de algunas vueltas sobre el papamóvil por la zona del encuentro, el Pontífice y después del saludo al Santo Padre por una representante de los jóvenes italianos, comenzó el diálogo del Papa con los jóvenes, que le hicieron 3 preguntas, y él respondió.
Después de un momento de canto, oraciones y testimonios, el Papa Francisco dirigió una reflexión a los jóvenes que continuaron la fiesta con una noche de celebración, música y testimonios y luego se trasladaron a la Plaza de San Pedro, parando en varias Iglesias de Roma para la Noche Blanca, y participando en diferentes eventos de espiritualidad, arte y cultura, entretenimiento y animación.
A continuación publicamos el saludo del Papa a los jóvenes italianos, pronunciado el sábado, 11 de agosto, por la tarde, en el Circo Máximo, publicado por la Oficina de Prensa de la Santa Sede y traducido del italiano por ZENIT.
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Saludo del Papa Francisco
Queridos jóvenes,
Gracias por este encuentro de oración, en vista del próximo Sínodo de los Obispos.
También les agradezco porque esta cita fue precedida por una mezcla de muchos caminos en los que se han convertido en peregrinos, junto con sus obispos y sacerdotes, a lo largo de las carreteras y caminos de Italia, en medio de los tesoros de la cultura y la fe que sus padres les dejaron como herencia.
Ustedes han pasado por lugares donde la gente vive y trabaja, ricos en vitalidad y marcado por las labores, en las ciudades como en los países y en los suburbios perdidos. Espero que hayan respirado profundamente las alegrías y las dificultades, la vida y la fe del pueblo italiano.
En el pasaje del Evangelio que hemos escuchado (cfr Jn 20,1-8), Juan nos dice que una mañana inimaginable cambió para siempre la historia de la humanidad.
Figurémoslo, aquella mañana: a la primera luz del alba del día después del sábado, alrededor de la tumba de Jesús todos comienzan a correr. María Magdalena corre para advertir a los discípulos; Pedro y Juan corren hacia el sepulcro… Todos corren, todos sienten la urgencia de moverse: no hay tiempo que perder, debemos darnos prisa… Como María había hecho, ¿recuerdas? – Al poco de concebir a Jesús, para ayudar a Isabel.
Tenemos muchos motivos para correr, a menudo simplemente porque hay muchas cosas que hacer y el tiempo nunca es suficiente. A veces nos damos prisa porque nos atrae algo nuevo, bello, interesante. A veces, al contrario, se corre para escapar de una amenaza, de un peligro…
Los discípulos de Jesús corren porque han recibido la noticia de que el cuerpo de Jesús ha desaparecido de la tumba. Los corazones de María Magdalena, de Simón Pedro, de Juan, están llenos de amor y golpeados salvajemente después de la separación que parecía definitiva.
¡Tal vez se reavive en ellos la esperanza de ver el rostro del Señor otra vez! Como en aquel primer día cuando Él prometió: “Venid y veréis” (Jn 1, 39). Quien corre más fuerte es Juan, ciertamente porque es más joven, pero también porque no ha parado de esperar después de ver con los ojos a Jesús muriendo en la cruz; y también porque ha estado cerca de María, y por ello, fue “contagiado” por su fe. Cuando sentimos que la fe falla o es tibia, acudimos a Ella, María, y Ella nos enseñará, nos entenderá, nos hará sentir nuestra fe.
Desde aquella mañana, queridos jóvenes, la historia ya no es la misma. Aquella mañana cambió la historia. La hora en que la muerte parecía triunfar, en realidad, el momento de su derrota se revela. Incluso esa roca pesada, colocada antes de la tumba, no pudo resistir. Y desde aquella alba del primer día después del sábado, cada lugar donde la vida está oprimida, cada espacio en el que domina la violencia, la guerra, la miseria, donde el hombre es humillado y pisoteado,en ese lugar la esperanza de vida todavía puede ser reavivada.
Queridos amigos, habéis emprendido vuestro viaje y vinisteis al encuentro. Y ahora mi alegría es sentir que vuestros corazones laten con amor a Jesús, como los de María Magdalena, Pedro y Juan. Y como son jóvenes, yo, como Pedro, soy feliz de verles correr más rápido, como Juan, motivados por el impulso de sus corazón, sensibles a la voz del Espíritu que anima sus sueños.
Es por eso que les digo: no se conformen con el paso prudente de los que están en la cola al final de la línea. Hace falta valor para arriesgarse y saltar hacia, un salto audaz y valiente para soñar y lograr, como Jesús, el Reino de Dios, y comprometerse con una humanidad más fraterna. Necesitamos la fraternidad: ¡corran el riesgo, sigan adelante!
Estaré feliz de verles correr más que aquellos en la Iglesia que son un poco lentos y temerosos, atraídos por ese rostro tan querido, que adoramos en la Sagrada Eucaristía y reconocemos en la carne del hermano que sufre. El Espíritu Santo les conducirá en esta carrera hacia adelante. La Iglesia necesita su impulso, sus intuiciones, su fe. ¡Tenemos necesidad! Y cuando lleguen donde aún no hemos llegado, tengan paciencia para esperarnos, como Juan esperó a Pedro ante la tumba vacía. Y otra cosa: Caminando juntos, en estos días, han experimentado cuanto trabajo cuesta acoger al hermano o hermana que está a mi lado, pero también cuánta alegría puede darme su presencia si lo recibo en mi vida sin prejuicios y cierres. Caminar solos nos permite estar desvinculados de todo, quizás más rápido, pero caminar juntos nos convierte en un pueblo, el pueblo de Dios. El pueblo de Dios que da seguridad, la seguridad de la pertenencia al pueblo de Dios… Y con el pueblo de Dios te sientes seguro, en tu pertenencia al pueblo de Dios tienes identidad. Un proverbio africano dice: “Si quieres ir rápido, corre solo. Si quieres llegar lejos, ve con alguien”.
El Evangelio dice que Pedro entró a la tumba primero y vio las telas en el suelo y la mortaja envuelta en un lugar separado. Entonces el otro discípulo también entró, el que –dice el Evangelio– “vio y creyó” (versículo 8). Este par de verbos es muy importante: ver y creer. A lo largo del Evangelio de Juan se dice que los discípulos, al ver las señales que Jesús cumplía, creyeron en Él. Ver y creer. ¿De qué signos se trata? Agua transformada en vino para la boda; de algunas personas enfermas recuperadas; de un ciego que recobra la vista; de una gran multitud saciada con cinco panes y dos peces; de la resurrección de su amigo Lázaro, quien había muerto hacía cuatro días. En todas estas señales, Jesús revela el rostro invisible de Dios.
No es la representación de la sublime perfección divina la que transpira de los signos de Jesús, sino la historia de la fragilidad humana que se encuentra con la Gracia que levanta. Hay una humanidad herida que se sana del encuentro con Él; está ahí el hombre caído, que se encuentra una mano tendida a la que agarrarse; está la pérdida de los derrotados que descubren una esperanza de redención.
Y Juan, cuando entra al sepulcro de Jesús, lleva en los ojos y en el corazón esas señales hechas por Jesús sumergiéndose en el drama humano para elevarlo. Jesucristo, queridos jóvenes, no es un héroe inmune a la muerte, sino que lo transforma con el don de su vida. Él lleva en sus ojos y en su corazón esas señales hechas por Jesús sumergiéndose en el drama humano para elevarlo. Jesucristo, queridos jóvenes, no es un héroe inmune a la muerte, sino que lo transforma con el don de su vida. Y esa hoja cuidadosamente doblada dice que ya no la necesitará: la muerte ya no tiene poder sobre Él.
Queridos jóvenes, ¿es posible encontrarnos con la Vida en lugares donde reina la muerte? Sí, es posible. Sería un error responder que es mejor alejarse, escaparse. Sin embargo, esta es la novedad revolucionaria del Evangelio: el sepulcro vacío de Cristo se convierte en el último signo en el que brilla la victoria definitiva de la Vida. ¡Entonces no tenemos miedo! No nos mantenemos alejados de los lugares de sufrimiento, de derrota, de muerte. Dios nos ha dado un poder mayor que todas las injusticias y la fragilidad de la historia, más grande que nuestro pecado: Jesús ha vencido a la muerte dando su vida por nosotros. Y nos envía a anunciar a nuestros hermanos que Él es el Resucitado, Él es el Señor, y nos da su Espíritu para sembrar con Él el Reino de Dios. Esa mañana del Domingo de Pascua la historia ha cambiado: ¡tenemos coraje!
¡Cuántas tumbas –por así decirlo– esperan hoy nuestra visita! Cuantas personas heridas, incluso las más jóvenes, han sellado su sufrimiento. “Poniendo –como se dice– una piedra encima”. Con la fuerza del Espíritu y la Palabra de Jesús podemos mover esos cantos rodados y dejar entrar rayos de luz en esos barrancos de oscuridad.
El viaje a Roma fue hermoso y agotador. Piensen, ¡cuánto esfuerzo, pero cuánta belleza! Pero igual de bello y desafiante será el viaje de regreso a sus hogares, a sus países, a su comunidad. Explórenlo con la confianza y la energía de Juan, el “discípulo amado”. Sí, el secreto está ahí, en ser y saber que eres “amado”, “amada” por Él, ¡Jesús, el Señor, nos ama! Y cada uno de nosotros, al llegar a casa, pongamos esto en el corazón y en la mente: Jesús, el Señor, me ama. Soy amado. Soy amada. Sentir la ternura de Jesús que me ama. Yendo por el camino hacia el hogar con valor y alegría, síguelo con la conciencia de ser amado por Jesús. Entonces, con este amor, la vida se convierte en una buena raza, sin ansiedad, sin miedo, esa palabra que nos destruye. Sin ansiedad y sin miedo. Una carrera hacia Jesús y los hermanos, con un corazón lleno de amor, de fe y de alegría. ¡Vayan así!
Traducción de ZENIT, Rosa Die Alcolea [Texto original: Italiano]

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