10.3.17

Testimonio Fátima 2017: “El amor no es amado”

La peregrinación a Fátima sin duda son de esas experiencias que te marcan la vida, al menos lo fue para mí. Antes de partir, alguien me había preguntado ¿qué esperas de Fátima? Y mi respuesta fue inmediata, “encontrarme con mi Madre”, le dije.

La presencia de la Virgen María es muy significativa en mi vida, Ella es mi compañera de camino, la Madre siempre presente y a la que puedo acudir y llamar en cualquier momento, es mi confidente, la que me anima, consuela y en la que siempre puedo encontrar una mirada de ternura. 

Por otra parte, como Hija de la Natividad de María, todas tenemos y cultivamos un amor especial a María, y dentro de las diferentes advocaciones, Fátima tiene un lugar especial en nosotras, ya que Don Baltasar, la tenía en su despacho y con cariño decía siempre que Ella era su Madrina. El sólo pensar que iría encontrarme con la Madrina, que estaría físicamente en la tierra en que Ella se apareció a los pastorcitos, sin duda era un regalo de Don Baltasar, al menos así lo recibí.


Al principio tenía mucho miedo de cómo respondería a la peregrinación, dado que no puedo hacer caminatas muy largas, al final pude hacerlo sin ningún contratiempo, fue la primer “gracia” de la Virgen. La segunda “gracia” fue poder celebrar el Sacramento de la Reconciliación poco antes de encontrarme con nuestra Madre, lo cual fue clave y la puerta para todo lo que vino después.

Al llegar a la explanada donde se encuentra la Capelinha, me emocionó mucho el gesto de recibimiento, que tuvieron las familias para con nosotros… en medio de esa noche, ver el brillo de sus miradas llenas de alegría, de ilusión… sobre todo me cautivó la mirada esperanzadora de los niños, sus palabras de bienvenida ¡la Virgen te espera! me dijo un niño. Y acto seguido estaba contemplando los ojos de la Virgen. Mamá me esperaba, nos esperaba a cada uno de nosotros y para cada uno tenía una mirada tierna y cálida. 



No recuerdo cuanto tiempo estuve allí, ni si me dijeron algo más, sólo sé que al llegar me sentí cautivada por su mirada, que traspasaba todo mi ser… y en medio de aquel cruce de miradas, nuevamente volví a sentir aquella voz en mi interior “el amor no es amado”, “mi niña, el amor no es amado”.


Allí, en la mirada de María, encontré la respuesta a mis preguntas, el sentido y la paz a mis inquietudes… fueron días de mucha GRACIA en mi vida. Aquella noche no hacía falta decirle nada, con su mirada, Ella, podía leerlo todo en mí y su respuesta fue clara “el amor no es amado”. Estaba tan emocionada que había perdido la noción del tiempo, ya teníamos que marchar y yo seguía allí. No lo sabía, pero uno de mis compañeros de grupo estaba allí, como un si fuera mi ángel de la guarda, estaba allí… se había dado cuenta de mi emoción, la verdad que su presencia y su abrazo, fueron significativos.


Fueron días muy profundos de encuentro con Dios, con María, con otros jóvenes con realidades y de lugares muy distintos, pero algo en común: la fe, nuestro amor a Jesús y a María. El grupo que me tocó fue el 37, al cual le estoy muy agradecida y creo que cada uno de mis compañeros fue un don de la Virgen, sin ellos esta experiencia no hubiera sido la que fue. Fue como si lleváramos tiempo de conocernos… la palabra de uno, posibilitaba o daba luz al compartir del otro y lo más lindo de vivir esta experiencia en grupo, fue que rezábamos los unos por los otros.


Además, tuvimos la gracia especial de contar con el que sería para todos “el alma” del grupo, el Padre Anuar, un “regalo” de la Virgen. Digo que fue un regalo, porque él no contaba con nosotros y ni nosotros con él. Nuestro grupo tenía asignado otro sacerdote, que a último momento no había podido venir… y de repente, ya cuando estábamos para ponernos en pie y comenzar a caminar, llegó el Padre Anuar. Su presencia y acompañamiento, a lo largo de estos días, fue clave para el grupo. Me di cuenta que todos esperábamos los momentos grupales, ya que luego de compartir nuestras vivencias, él nos regalaba una palabra y con gesto sencillo iluminaba y daba sentido a ese momento y a todo lo vivido en el día.


Fui para encontrarme con Mamá y recibí mucho más de lo que esperaba, me encontré con la Virgen y con mis hermanos en la fe, pude sentir la presencia orante y cariños de mis hermanas de Instituto, que en los diversos países nos acompañaban con su oración. Miraba a la Virgen y pensaba en cuantas veces Don Baltasar la había buscado, mirado…cuántas veces le había confiado sus inquietudes, sueños, preocupaciones y alegrías.


Necesitaba hacer un ALTO en mi camino y el salir de casa e ir a un lugar tan especial como lo es Fátima y más, en el año en que celebramos el Centenario de las apariciones de María, es una “gracia” que no esperaba, y que al mismo tiempo me ayudó no sólo a desconectar de las actividades, preocupaciones e inquietudes, sino que me ayudó a CONTECTAR de una manera más profunda con Dios y con María. Creo que el estar lejos del hogar, me facilitó el despojarme de mis armaduras y estar más abierta a la “gracia”, a recordar cuán grande es el amor de Dios en mi historia y como siempre a cada paso estaba Ella, María, cuidándome, animándome, acompañando mi caminar. Seguramente si me hubiera quedado en casa, aún haciendo retiro, no hubiera vivido todo lo que viví en la Tierra de nuestra Madre de Fátima. Fue como si por unos días, hubiera estado gozando del cielo, y sin duda que Fátima, la experiencia toda de la peregrinación, es como el anticipo del Gozo Pascual que nos espera.


Cada uno de los días vividos en Fátima, tuvieron algo de especial, fue como si cada momento fuera preparando el siguiente y ahondado más en mi ser la presencia cálida y tierna de María.

Experimenté con intensidad la gracia de ser parte de una Iglesia que peregrina hacia el encuentro con el AMADO, de Jesús, que es ofendido, ultrajado, abandonado. Comprendí porqué semanas antes de saber que participaría de la peregrinación, en mi corazón resonaban estas palabras “el Amor no es amado” y luego al encontrarme con nuestra Madre de Fátima las sentí con mayor fuerza. Y me quedé mucho más sorprendida cuando el sacerdote en una de las homilías las repitió: “el amor no es amado” dijo, “tenemos que creer, adorar, esperar y amar Jesús, por todos los que no creen, no adoran, no esperan ni le aman” añadió…


Y allí en su Corazón Inmaculado de María, encontré el REFUGIO seguro donde abandonarme, donde dejar cuanto llevaba en el corazón y allí, traspasada por su Mirada Tierna y Cálida de Madre, volví a pronunciar mi “fíat” y renové la consagración de mi Vocación, con la confianza de que Ella me seguirá cuidando el camino de mi seguimiento a Jesús.

Ahora comprendo que Don Baltasar le tuviera ese cariño tan especial y la quisiera por su madrina. Y le doy gracias, por esta experiencia, que fue sin lugar a dudas un regalo… son de esos regalos que te marcan la vida, que no los esperas, no los planificas… como las Caricias de una Madre, simplemente las recibes, las vives y las guardas en el corazón. Fátima quedó en mi corazón e intento hacer un pequeño “Fátima” de mí día a día.
Yazzmina

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