5.3.17

Testimonio de Fátima:“Que este viaje a Fátima me cambie la vida”.



Dulce espera.

Es complicado querer condensar lo poco pero intenso vivido en unos cuatro días y tampoco creo que se pueda expresar tan pronto, habría que masticarlo más, pero allá vamos.

El caso es que febrero viene siendo desde hace algunos años un mes de esos que son de bajón total, sin ganas de participar en nada, apatía extrema, y no sé el motivo, quizás porque años atrás fue el mes en que supe que mis padres se iban a separar. Este año no fue menos; la diferencia estuvo en que estaba apuntada a la peregrinación a Fátima y los comentarios de todo el mundo eran tan buenos, que aún con pocas ganas, y con dudas hasta el último minuto, me propuse aprovecharlo.


Tanto fue así, que en Fátima se me ha olvidado que estábamos en febrero, que mi corazón en este mes está medio roto, que hace meses que no hablo con mi madre o que si en casa todo sale al revés. Pues bueno, aun siendo un mes horrible, algo me llamaba a ir.

Desde el domingo anterior al comienzo de la peregrinación una idea fue la clave para pasar la semana: “Que este viaje a Fátima me cambie la vida”.

A lo largo de toda la peregrinación, las charlas fueron la mejor forma de ir moldeando ese mal febrero: vivir y hacer las cosas por amor, la espera ansiosa de la Virgen por nosotros, ayunar de malas palabras, sonreír por encima de todo,… Y así fue, la peregrinación empezaba emocionante el sábado cuando llegábamos al santuario de Fátima y un gran número de familias nos recibían formando un pasillo. Y pensar que esos niños quizás sueñen con ser como nosotros algún día y peregrinar a Fátima con sus amigos, o esos padres con los cuales soñamos nosotros, en una bonita y entregada familia que peregrine al santuario con devoción y fidelidad a la Virgen.


Luego, caer rendida a los pies de nuestra Madre en la capelinha, dando gracias por haber llegado, por poder estar ahí, sin poder pedir nada, sólo agradecer. Fue uno de los mejores momentos de la peregrinación: el amor de una Madre que hacía tiempo que no sentía, lo viví allí arrodillada, mirándole a Ella, siempre dispuesta a esperarme y a mimarme cuando lo necesite.

Esa noche tuvimos la vigilia. No hay nada más bonito que orar ante la Virgen, no sólo orar, o incluso mejor que eso, sólo mirarla; dejar caer ante ella todo nuestro ser, y dejarse querer.


Lunes por la mañana, Via Crucis, otro de los mejores momentos, preparado por jóvenes para jóvenes, con experiencias y testimonios que nos fueron haciendo pensar en momentos concretos y reflejados, a su vez, en la vida de Jesús. Una de las cosas que he descubierto en esta peregrinación es la importancia del silencio, del no tanto saber orar, como sí saber escuchar. La tarde de ese día fue de tiempo libre en el que aprovechamos para ver la basílica, pasar un tiempo con nuestros compañeros gallegos y compartir lo que había sido la peregrinación con tanta gente de sitios diferentes y pero con una meta común: seguir y ser ejemplo como nuestra Madre.


El último día siempre es el más triste por el hecho de despedirnos, pero la parte buena es la mejor. Hemos aprendido muchas cosas en pocos días y hemos conocido a tanta gente buena que en pocos sitios más se podrían conocer. Hemos rezado y orado por las intenciones de nuestros amigos y por nosotros mismos, dejándonos llenar por los momentos de silencio, de oración y de compartir en los grupos.
Si algo traigo de Fátima es la paz que he encontrado en el santuario y en la Virgen y que tanto tiempo llevaba buscando. Traigo también mucha alegría que no tenía; tranquilidad que me faltaba y consuelo que había perdido. 

Realmente pienso que la peregrinación a Fátima no me ha cambiado la vida pero sí me ha transformado el corazón. Ahora mismo sólo deseo que la felicidad y el amor a los demás que me llevo de Fátima dure por mucho tiempo; además de haberme comprometido a intentar vivir a ejemplo de María y hacer de un mes malo para mí como es febrero, se convierta en una espera dulce por ver a la Virgen en Fátima.

Gracias, Madre.

Klara Prada










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