9.4.16

Testimonio ULELN 2 de abril - I


 
 EL PODER DEL UNO

Muchos se sorprenden por el poder del cien, por el poder del mil y el poder de un millón. Lo difícil es sorprenderse con el poder del uno, pese al gran valor que Jesús, en los Evangelios, le dio precisamente al uno. Una fue la oveja perdida. Así, encontrar a una que se había extraviado era más valioso que permanecer junto a las noventa y nueve que estaban tranquilas, paciendo en el redil. O la viuda, cuya limosna era diminuta en comparación con la de otros, pero todo cuanto ella tenía, mientras lo mucho de los demás era tan solo una calderilla para sus fortunas.


No he participado todavía “Una Luz en la Noche” en la que no haya aprendido nada, en la que no me haya sorprendido nada. En esta ocasión, como intercesor, consciente de que iba a ser una noche ardua, recé intensamente para que la pareja por la que intercedía comprendiese que lo importante no son los números grandes, sino el gran sentido de los números pequeños. Que prestasen atención al valor de lo efímero, porque sólo así podríamos trabajar nuestra humildad. Y es que todavía tenemos un extraño chip insertado en nuestros corazones, que nos hace pensar que si hacemos grandes fiestas, grandes esfuerzos, vale la pena si se beneficia a muchas personas. No se nos ocurriría tal entrega, tal gesto, para beneficio de unos pocos. Haríamos algo más discreto, más comedido… En el fondo, seguimos actuando como el hermano del hijo pródigo, acostumbrados a no derrochar mucho, y menos, si es una fiesta planeada para uno sólo.

Por eso, quizás, fue la noche más lluviosa, con más viento, frío e incomodidad. La noche en la que dejamos a un lado nuestra zona de confort para lanzarnos a la periferia, chocando de lleno contra ella. Y la periferia siguió siendo eso mismo, periferia. Ahora, nadie sabe a ciencia cierta qué pasará con las semillas que se lanzaron al aire: ¿Cuántas cayeron en el pedregal, cuántas devorarán los pájaros, cuántas fueron a parar entre la mala hierba y cuántas a la tierra buena? Estas últimas tardarán en germinar. Y posiblemente no las veamos crecer, porque solo estamos llamados a sembrar. Pero el gran cosechador no es otro que el amor del Padre. Tiene buenas manos, las mejores, así que es hacerlas brotar es mejor cosa suya que nuestra…

¡Qué noche la de aquel sábado! Cada vez que me arrodillaba en el banco pensaba en el corazón endurecido del Faraón del Éxodo. Sobre todo, cuando vi la desesperación en los ojos de la pareja por la que rezaba. Me hablaban de los malos gestos, de las malas palabras, de los ni caso, de los no quiero saber nada de la Iglesia, de los si te he visto no me acuerdo, de los yo no comulgo con vuestras ideas, de los parecéis de una secta, de los estáis locos… Por eso les pedí que pensasen en aquel Faraón y en cómo Dios obró grandes milagros, precisamente, a través de su corazón endurecido. Traté de convencerlos de que esa noche, los centinelas, estaban luchando igual contra los elementos, tratando de abrir otra vez las aguas del Mar Rojo, del mar de la incredulidad, del mar del pasotismo. Eran lo que el mismo Papa Francisco quiere que todos seamos: Islas de misericordia en el mar de la indiferencia…

Aunque no puedo, no debo olvidar que los primeros que tenemos que ser convertidos somos nosotros mismos, los propios centinelas. Entender que, lo que ocurrió, fue aquello que tenía que ocurrir. Después de que en febrero todos diésemos tanta importancia a las cifras, vino la necesaria lección de humildad, que todos debemos aprender y, sobre todo, aprehender. Que nunca entran ni muchos ni pocos; sino que siempre entra el número justo. ¡Y qué gran belleza la del número justo! Es cierto que, al final, se acogió a más de uno…, pero aunque así hubiese sido, aunque sólo uno hubiese entrado, ¡cuánta alegría la de haber hecho tanto despliegue para uno sólo! ¿Cómo era que decían los mosqueteros, “todos para uno”? En fin, la frase más hermosa que se me ocurre para explicarlo es la de un viejo proverbio judío, que dice que “quien salva una vida, salva al mundo entero”. Éste es el gran poder primordial: el poder del uno.


Alfonso











1 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bella reflexión Alfonso... Necesitamos aprender a ver la vida y nuestras acciones según Dios.. y confiar más en su amor... actúa de forma personalizante... espera, ama, y acompaña... Nosotros somos los que pretendemos medir todo con el èxito y la eficacia por los números.. Gracias por compartir... me anima...