4 mar. 2015

Testimonios Fátima (VII)

Decidí ir a Fátima en Carnavales para variar, para descansar y para estar con gente nueva que aportase algo nuevo a una fe que a veces, se envejece, se convierte en rutina y nos inmoviliza en la comodidad de centrarnos sólo en nosotros mismos.
Sabía que iba a ser una experiencia entrañable, de las que se recuerdan para siempre, de las que marcan para toda la vida. Sabía que me encontraría con la Virgen, que podría presentarle todas mis necesidades y que Ella me aliviaría y me empujaría a seguir avanzando. Para mí sería un momento de intimidad con mi Madre. Pero una vivencia individual. ¡Tantas veces pretendemos vivir aislados! Además, era un sueño, un deseo, un objetivo.
Mis expectativas se cumplieron, aunque fueron mayores las gracias recibidas en esta peregrinación. Encontré a mi Madre, puse ante ella mis preocupaciones y encontré la fuerza para seguir avanzando, pero también viví y sentí la comunión eclesial, el encuentro con la comunidad cristiana. Pude sentirme como en casa, con un Padre que nos ama, una Madre que nos cuida, un Hermano Mayor que nos quiere y nos salva, y con muchos, muchos hermanos y hermanas que creen, sienten y esperan lo mismo que tú y que yo.
Descubrí que no estaba sólo, que la Iglesia tiene continuidad, que los jóvenes a los que se les habla de Dios se enamoran irremediablemente de Él. Pude experimentar la grandeza de compartir la fe, de escuchar y ser escuchado, de apoyarme en los demás. Sentí el abrazo de Dios, de María y de la Iglesia. 
Esto es fue estímulo maravilloso para reafirmarme en la propia fe y también para abrirme a la dimensión social y fraternal de la Iglesia que cuesta vivir muchas veces en una sociedad que se aleja progresivamente de Dios.
Aprendí lo que significa salir de nosotros mismos a las periferias,  es decir, dejar de ser egoístas para abrirnos a los demás y, con nuestro testimonio de vida, llevar el mensaje de Cristo a todas partes, especialmente donde más necesidad hay de la alegría, de la esperanza, del amor, de la misericordia que sólo Dios puede dar.
Salí de mi propio egoísmo para abrirme a los demás. Si mi oración se centraba fundamentalmente en mí, en mis necesidades, en mis problemas, en mis exámenes y en todo lo que me atañía de una u otra forma, fui capaz de sentir con los demás y abarcar a los otros en mi plegaria, de pedir por todos.
Si antes podía considerarme un buen cristiano, cumplidor, devoto, convicto, todo esto se sigue perfeccionando día a día desde Fátima. Y ahora me siento más feliz, más joven y en comunión con Dios y con los hermanos. Todo gracias a nuestra Madre, la Virgen.

Ernesto G. Juanatey


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